Jorge Plata

Celebremos la vida y el legado artístico de

Jorge Plata


En memoria de Jorge Plata

Maestro de agua pura

POR GILBERTO BELLO*

 

Jorge Plata, el maestro del teatro, es un clásico. Todos cuantos lo conocieron estarán de acuerdo con esta afirmación. Se paseó con suma propiedad por el difícil campo de la creación con total desmesura. Todo en él significaba gracia y seriedad, una extraña combinación que tienen los tocados por el talento y la maravilla de la palabra.

Su vida vigorosa combinaba una naturaleza contradictoria que le empujaba, con la fuerza inusitada de los guerreros, a un campo de múltiples diversidades: algunas veces trágicas o tras veces cómicas. Quizá por ello eligió al teatro como su campo de comunicación. Adoraba la diversión y las imágenes de fantasía. Lector feroz, devoraba como un hambriento recién rescatado del desierto de la angustiosa cotidianidad, páginas hermosas que guardan preguntas universales que lo apresaron para siempre en el territorio de los grandes escritores y por eso era celoso guardián de su propia heredad intelectual.

Amó la exploración de la verdad y odió la verbosidad de los mentirosos y diletantes. Compañero de la nobleza se enfrascó en largos soliloquios en el afán de encontrar los territorios fértiles que le permitieran alcanzar la palabra precisa, el giro glorioso, la interpretación de alto impacto.

Sin solemnidad e irreverente, como el que más, teatralizaba su vida. Sus clases de historia del teatro son inolvidables para los estudiante que se gozaron la maravilla de un “actor de aula” capaz de reproducir batallas, amores, venganzas y traiciones: el teatro en vivo en la expresión de un creador con intención de retratar la frágil gloria o las tragedias del hombre de cara a las dificultades o en la inmensa vitalidad de la comedia.

Entonces Agamenón, Edipo, Ayax, Prometeo, la Comedia del Arte, el teatro isabelino, Shakespeare, Moliere, Chejov y muchos más saltaban al escenario del aula para una interpretación teatral sonora, autentica, verdadera: agua pura descendiendo, de forma victoriosa, por los terrenos constantes de todas nuestras contradicciones.

Y qué decir de sus interpretaciones en el escenario del Teatro Libre de Bogotá o en sus inicios en el Teatro Universitario, en plena calle, cuando su voz se levantaba más allá de los confines para dar vida al episodio de los comuneros, al mundo perseguido de los agraristas, a la odiosa prepotencia de los políticos y los terratenientes. Escenas de teatro real que terminaban en persecución a los actores y a los estudiantes presentes en el espectáculo.

En la intrincada realidad de Colombia, en la segunda mitad del siglo XX, el teatro en Colombia cambio de rumbo. Nuevos conductores, otros lectores de la dialéctica país formal país real  mostraron la verdadera imagen de un país fundado en la mentira, el engaño y la traición cotidiana, represor y determinado por un control social férreo y sin posibilidades ni aperturas e incapaz de entregar a sus asociados, a las mayorías, el disfrute de una vida digna. Tarea portentosa que Jorge Plata y los miembros del Teatro Libre junto a una generación de rebeldes convirtieron la escena nacional en un lugar para contradecir, cada noche, en cada función y a partir de otros contenidos, los engaños históricos que se ocultaban debajo de las alfombras del poder.

Jorge Plata fue uno de ellos. Escuchemos su palabras en referencia a la Orestiada: “…Esquilo, en su obra, abomina, rechaza cualquier posibilidad de una guerra fratricida, de una guerra entre hermanos, de una guerra civil”. Fiel a sus principios nunca retrocedió frente a las dificultades, su propósito siempre fue la búsqueda singular de analizar su tiempo con audacia. Porque sin audacia nadie crea nada en el campo de la vida, los oficios y el arte. En un país que promete mucho y cumple poco Jorge fue un vital crítico de esta situación, no solo como dramaturgo, también como actor y como traductor de grandes obras del teatro universal para traer la primavera a un país que solo conoce el invierno y la ambivalencia de  lo cotidiano.

Risueño, entregado, burlón, impuso un estilo para tomar del pelo: Jorge era la gracia, el chiste rápido, la agilidad para animar momentos de tensión y el preguntón de lo fundamental. En muchas reuniones de amigos y de trabajo clarificaba y sus puntos de vista siempre habitaron el terreno de la propuesta realista. Sin duda, un personaje que después de conocerlo se quedaba prendado a nuestra conciencia; abierto de ideas, respetuoso. Al saber que se ha ido físicamente sabemos, con certeza, que forma parte de nuestro camino.

Lo veo de nuevo en la interpretación del Rey Lear, su amado Shakespeare, y lo asocio con su figura y recuerdo: “Si quieres llorar mis fortunas, toma mis ojos;/ Te conozco bastante bien; tu nombre es Gloucester;/Tienes que ser paciente; vinimos llorando aquí;/ Tú sabes que la primera vez que olemos el aire/ Berreamos y lloramos;/ Voy a predicarte: fíjate/”.

Mi memoria lo tiene en una imagen profunda, erguido, desencajado y con la palabra sonora que nos traslada a otros tiempos, a otros ámbitos y hoy a nuevas tristeza, a la ausencia de nosotros todos cuantos tuvimos la fortuna de escucharlo y de reír de sus anécdotas fáciles y sencillas.

Embelesados en sus palabras sabemos que nuestro mayor enemigo es el olvido, en el caso de Jorge, como su agua fluye será, claro, la melancolía de la pérdida y su presencia abrumadora: una página inolvidable en nuestra vida. Final: muchos lectores y oyentes de Shakespeare quedan tan peligrosamente embelesados que jamás olvidan; Jorge Plata será figura del teatro en Colombia, actor sólido y capacidad de sorpresa, así pasen los años: “Lo peor no ha llegado/Mientras podamos aún decir ¿lo peor es esto?/’”.

*Gilberto Bello es crítico de teatro, periodista y, actualmente, director de investigación del Departamento de Arte Dramático de la Universidad Central en convenio con el Teatro Libre.

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